Hay días en los que no nos apetece hacer prácticamente nada. Sabemos que nos vendría bien salir, hacer ejercicio, llamar a alguien, ordenar la casa, estudiar o simplemente empezar esa tarea que llevamos posponiendo desde hace días. Sin embargo, esperamos a encontrarnos mejor, a estar más motivados o a tener ganas.
Parece razonable: primero aparece la motivación y después actuamos. Pero psicológicamente las cosas no siempre funcionan en ese orden.
Muchas veces no hacemos las cosas porque tenemos ganas; las ganas aparecen después de empezar a hacerlas.
La trampa de esperar el momento adecuado
Cuando estamos cansados, preocupados, tristes o desanimados, nuestro comportamiento tiende a cambiar. Reducimos actividades, posponemos tareas y evitamos situaciones que anticipamos como desagradables o demasiado costosas.
A corto plazo, esto puede producir cierto alivio. Si hoy no voy al gimnasio, no tengo que hacer el esfuerzo de levantarme del sofá. Si aplazo una conversación difícil, dejo de sentir momentáneamente la incomodidad que me produce. Si cancelo un plan porque estoy desanimado, no tengo que hacer el esfuerzo de relacionarme con nadie.
El problema aparece cuando esta forma de responder se repite.
Poco a poco podemos dejar de hacer precisamente aquellas cosas que proporcionaban satisfacción, contacto social, sensación de competencia o significado a nuestra vida.
Y entonces ocurre algo paradójico: dejamos de hacer cosas porque nos encontramos mal y, al hacer cada vez menos cosas, podemos terminar encontrándonos todavía peor.
¿Hay que obligarse a hacer cosas?
No exactamente.
La alternativa a esperar a tener ganas no consiste en llenar la agenda, exigirnos estar permanentemente activos o ignorar el cansancio. Descansar también es necesario y, en determinadas circunstancias, reducir nuestra actividad es una respuesta perfectamente adecuada.
La cuestión importante es otra: ¿estoy descansando porque lo necesito o estoy esperando a sentirme de una determinada manera para poder volver a vivir con normalidad?
No siempre resulta sencillo distinguirlo.
Una tarde en el sofá puede ser un descanso reparador. Pero también puede convertirse en una forma de evitar algo que nos preocupa. Cancelar un compromiso puede ser una decisión sensata cuando estamos agotados, pero si cada vez que sentimos ansiedad dejamos de hacer aquello que la provoca, podemos terminar enseñándonos a nosotros mismos que necesitamos estar tranquilos para poder actuar.
El problema, por tanto, no está en descansar, cancelar un plan o posponer una tarea de vez en cuando. Está en convertir nuestro estado emocional en la condición que determina sistemáticamente lo que podemos y no podemos hacer.
“Cuando esté mejor, volveré a hacer cosas”
Esta frase resulta especialmente frecuente cuando atravesamos periodos de desánimo.
Pensamos que recuperaremos primero la energía, la ilusión o la motivación y que entonces retomaremos nuestras actividades.
Pero algunas de las cosas que hemos dejado de hacer eran precisamente las que contribuían a que aparecieran esas sensaciones.
Ver a otras personas, salir de casa, practicar una afición, hacer ejercicio, avanzar en una tarea o realizar algo que consideramos importante nos pone en contacto con experiencias que difícilmente pueden aparecer mientras permanecemos esperando.
Desde la psicología sabemos que la conducta no es únicamente una consecuencia de cómo nos sentimos: lo que hacemos también modifica cómo nos sentimos.
Por eso, en determinados problemas psicológicos, recuperar progresivamente actividades relevantes constituye una parte importante del tratamiento.
La motivación también se construye
Solemos hablar de la motivación como si fuera una especie de combustible interno: o lo tenemos o no lo tenemos.
Sin embargo, nuestra disposición para hacer algo depende de muchos factores: lo difícil que parezca, las consecuencias que anticipamos, las experiencias anteriores, nuestro nivel de cansancio, el contexto en el que nos encontramos y lo que sucede cuando empezamos a hacerlo.
Pensemos en algo cotidiano. Podemos pasar media hora pensando que deberíamos salir a caminar y no sentir ninguna gana de hacerlo. Finalmente nos ponemos las zapatillas, salimos y, después de diez minutos andando, la experiencia es muy diferente de la que imaginábamos desde el sofá.
Las ganas no siempre estaban antes de la conducta. En ocasiones aparecieron durante ella.
Esto también explica por qué empezar suele ser más difícil que continuar.
Empezar pequeño es empezar
Cuando una actividad nos resulta especialmente costosa, plantearnos realizarla por completo puede aumentar todavía más el rechazo.
No necesitamos pasar de no hacer ejercicio a entrenar una hora, de tener la casa desordenada a limpiarla entera o de llevar semanas sin estudiar a dedicar una tarde completa a los apuntes.
A veces resulta más útil reducir el primer paso hasta hacerlo asumible.
Abrir el documento. Ponerse la ropa deportiva. Salir diez minutos. Recoger una parte de la habitación. Contestar un correo. Llamar a una persona.
No porque estos pequeños pasos tengan algo mágico, sino porque modifican la situación en la que nos encontramos y aumentan la probabilidad de que aparezca el siguiente comportamiento.
Hacer algo importante aunque no apetezca
Hay otra distinción que puede resultar útil: no todo lo que merece la pena hacer tiene que apetecernos.
Cuidar una relación, estudiar, trabajar, hacer ejercicio, acudir a una cita médica o mantener determinados compromisos puede resultar incómodo en algunos momentos y seguir siendo importante para nosotros.
Una vida satisfactoria no consiste en hacer únicamente aquello que produce bienestar inmediato. Muchas de las cosas que valoramos requieren esfuerzo, tolerar frustración o actuar mientras están presentes emociones desagradables.
La pregunta deja entonces de ser solamente “¿me apetece hacerlo?” y puede convertirse en otra diferente:
“Aunque ahora mismo no me apetezca, ¿es importante para mí hacerlo?”
No se trata de luchar contra nuestras emociones ni de fingir que nos encontramos bien. Podemos estar cansados, inseguros, tristes o preocupados y, al mismo tiempo, dar determinados pasos en una dirección que consideramos importante.
No hace falta sentirse preparado para empezar
Esperar a encontrarnos completamente seguros, motivados o preparados puede dejarnos esperando durante mucho tiempo.
En ocasiones, el cambio psicológico comienza precisamente al invertir el orden que intuitivamente esperamos: no esperar a sentirnos mejor para empezar a hacer cosas, sino empezar progresivamente a hacer determinadas cosas para dar la oportunidad de que algo cambie.
Esto no significa ignorar lo que sentimos. Significa evitar que nuestro estado emocional tenga siempre la última palabra sobre nuestras decisiones.
Porque algunas veces las ganas nos llevan a actuar.
Y otras veces, tenemos que empezar a actuar para que aparezcan las ganas.
José Antonio Tamayo Hernández
Psicólogo sanitario colegiado nº: M-18960.
Leave A Comment