VEO, VEO… ¿UNA FAMILIA?

Hacerse preguntas, alterar la dirección del recorrido, intercambiar deseos, etc., forma parte de la naturaleza humana: curiosa, estimulante, inquieta y, la mayoría de las veces, cambiante. Esta continua exploración, por un lado necesaria, pero exasperante por otra, puede convertir nuestro entorno en un lugar adverso. Aquellos con los que nos relacionamos de manera más habitual, pasan a formar parte de ese complicado entramado inestable y así, et voilà, las diferentes inconsistencias de cada uno van repercutiendo sobre las de otros, provocando en ocasiones una combinación de sabor amargo.

Respecto al sistema relacional en el que nos vemos inmersos, propongo aquí el concepto de familia como algo más extensivo al tradicional, compuesto por los hijos, padres o hermanos. Una estructura compleja que no debe por fuerza basarse en el vínculo consanguíneo, por ejemplo, sino en la frecuencia de una relación en que incluimos aquellos ingredientes necesarios para establecer la adhesión: el tiempo, la intimidad, las confidencias, las creencias, quizás el trabajo y, habitualmente, un mismo espacio. Este podría ser el caso de una pareja, o de personas procedentes de un círculo muy cercano de amistad, pero con quienes no solo se comparte ocio y tiempo libre. Por esto mismo, podemos preguntarnos: ¿quiénes son los miembros de una familia? ¿Reconocemos a nuestro entorno como parte de ella? ¿Sabemos si la conexión es tan estrecha como para considerarlo siquiera?

La respuesta a estas preguntas puede ayudar a identificar las relaciones que son importantes para nosotros y que, también debido a ello, pueden favorecer nuestra salud mental, o perjudicarla si no se encuentra en sintonía dentro del sistema que podemos calificar como familiar. De esta forma, podemos ver cómo patrones de conducta erráticos están siendo mantenidos por el hecho de no corresponder a las aportaciones de nuestro ambiente más próximo. Esta falta de equivalencia relacional se nutre de aspectos como el exceso de dependencia a los miembros de una familia, en detrimento de las peculiaridades personales que nos dejan ser coherentes con nuestra condición. Otro problema existente es justo lo contrario: someter a los demás al dominio de un carácter soberano, a menudo déspota, que prolonga su independencia hasta confines insospechados; sin tener en cuenta que para todos hay límites personales que no se deberían traspasar, pues tanto puede ser un límite el deseo de compromiso, como el de no querer comprometerse con algo, y todo ello si es que se pretende alcanzar el estado de bienestar dentro de la estructura familiar.

Las relaciones marcadas por la existencia de cualquiera de estos polos opuestos, producen la indefinición de sus miembros y desatan un conflicto que se perpetúa a lo largo y ancho del tiempo. Se advierte así, la necesidad de separación entre individuos, en ciertas cuestiones que se mezclan con la deseabilidad de seguir junto a ellos a pesar del bienestar personal. Asimismo, desde el otro extremo, se hacen patentes las dificultades inherentes a la elevada exigencia de quien todo lo quiere, muchas veces fruto de su intransigencia, y que envuelve la interacción en una bolsa asfixiante de criticismo. Tanto una forma como otra de error relacional, ya sea sobredependencia o despotismo, derivan en un sistema con alta toxicidad que pervierte las buenas intenciones de sus integrantes.

Dado que el individuo es miembro de una sociedad donde se le imponen ciertas relaciones, pero al mismo tiempo escoge formar parte de otras, que pueden o no coincidir con las primeras – de ahí este nuevo concepto de familia – sería agradable poder sentir que se es y se está con quienes son capaces de cotransformar el mundo de uno en algo más grande, más colmado o satisfecho, sin sufrir la contraprestación angustiosa de obligarse a dar siempre lo que uno no desea, o de anularse como persona particular que es.

La psicoterapia puede ayudar a permitir relaciones donde se aporte y se reciba uno de los componentes básicos de la familia: confort. Para esto, descubrir la configuración de este tipo de interacciones como un proceso, en vez de como una estructura acerrojada, posibilita apreciar los matices individuales en desarrollo que construyen una familia.

 

Ana Muñoz Vélez

Licenciada en Psicología, col. nº: M-36247

Por | 2021-04-02T12:10:05+00:00 abril 2nd, 2021|Blog|Sin comentarios

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