ACTIVA PSICOLOGÍA

El duelo en la infancia

12/02/2015

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La presentación del duelo en los niños muestra muchas similitudes con las reacciones experimentadas por los adultos, aunque sus manifestaciones estarán mediadas por el concepto que posean sobre la muerte. La formación de este concepto atraviesa una serie de estadios que dependerán tanto del nivel de desarrollo cognitivo del niño, de su edad, de las pérdidas sufridas con anterioridad, así como de la información y las explicaciones que haya podido ir recibiendo sobre el tema.

¿Cómo se desarrolla el concepto de muerte en el niño?

Entre los 3 y 5 años, los niños conciben la muerte como un estado diferente al de la vida, y por lo tanto real, aunque de carácter reversible, transitorio y que sólo afecta a ciertas personas. Creen que los muertos están dormidos, presentan las mismas funciones biológicas que los vivos, pueden comer y beber, y que pueden despertarse en cualquier momento.

Posteriormente, entre los 6 y 8 años pueden comprender que la muerte es el final de la vida, es un estado definitivo y permanente, aunque siguen manteniendo la creencia de que no afecta a todo el mundo por igual. También es frecuente que representen la muerte a través de alguna figura o personaje presente en la cultura popular.

A partir de los 9 años, el niño va adquiriendo la concepción madura de la muerte como un estado universal, definitivo e irreversible, de modo similar al adulto. Durante la adolescencia, pueden mantener esta concepción junto con un sentido de ominipotencia personal que, en algunos casos, puede llevarles a cometer actos temerarios y poner en peligro su integridad.

¿Cuáles son las expresiones habituales del duelo infantil?

La manera de expresar sus emociones ante el fallecimiento no siempre es la misma que en los adultos. No son tan frecuentes los estados de tristeza, abatimiento y pérdida de interés, sino los cambios en el carácter, en el humor, en el rendimiento escolar, en el comportamiento social, en la alimentación o en el sueño. Algunas de las respuestas más habituales en los niños que pierden a algún ser querido son:

- Perplejidad, negación, ambivalencia: pueden parecer confusos sobre lo ocurrido, seguir preguntando cuándo podrán ver a la persona fallecida, comportarse como si no hubiera pasado nada o mostrarse indiferentes.

- Conductas regresivas: dependiendo de la edad, pueden solicitar dormir en la cama de los padres, tener miedo a estar solos, hacerse pis en la cama, chuparse el dedo, etc.

- Conductas disruptivas: pueden manifestar rabia y enfado siendo más desobedientes, oposicionistas y desafiantes con los adultos. También pueden verse implicados en riñas y peleas con otros niños.

- Miedo a morir o a otra pérdida: temor a que la muerte les afecte también a ellos o a sus padres, y puedan resultar abandonados.

- Culpabilidad: al intentar comprender la causa del fallecimiento, pueden llegar a la conclusión de que su mal comportamiento o el haberse sentido enfadado en alguna ocasión con la persona fallecida, ha podido contribuir a ello.

¿Es normal lo que sienten?

Cuando estas reacciones u otras relacionadas (llanto, apatía, problemas de sueño, pérdida de apetito y de peso, miedos, síntomas físicos, problemas en el rendimiento escolar o en su comportamiento habitual) se mantienen estables durante un tiempo prolongado o van en aumento, pueden señalar la presencia de un trastorno depresivo o de complicaciones en el duelo. En tal caso, es conveniente pedir ayuda profesional.

¿Qué hacer cuando un niño sufre una pérdida?

A la hora de acompañar al niño que ha perdido a un ser querido, es necesario tener presentes los tres temores más frecuentes que pueden afectarle y que tienen que ver con su atribución de culpabilidad sobre lo sucedido (“¿Causé yo la muerte?”), con la incertidumbre sobre la continuidad de los cuidados que necesita (“¿Quién me va a cuidar?”), y con el temor a que le ocurra también a él o a otra persona allegada (“¿Me pasará esto a mí o a otro ser querido?”). Los cuidados y la atención que puede prestársele tendrán en cuenta estas preocupaciones, y pueden resumirse en los siguientes consejos:

- Es conveniente informar al niño del fallecimiento y hablar con él sobre la muerte, evitando mantener la muerte en secreto. Para ello debe buscarse un momento y lugar adecuado, lo antes posible tras el fallecimiento, para explicarle lo sucedido, empleando un lenguaje sencillo, claro y adaptado a su nivel de comprensión. Es preferible que sean uno o ambos progenitores  (o en su defecto, un familiar adulto muy cercano), quien proporcione la información.

- En el caso de muertes repentinas e inesperadas, en las que puedan presenciarse escenas muy dramáticas de dolor y descontrol en los adultos, puede ser aconsejable apartar de la escena al niño durante las primeras horas.

- No hay que temer emplear las expresiones “muerte” o “muerto”. Es preferible decir que “ha muerto”, a utilizar eufemismos como “se ha ido”, “está en el cielo”, “nos ha abandonado”, pues pueden suscitarle falsas expectativas y concepciones sobre lo ocurrido, además de generar confusión y miedo a morir o ser abandonados. En cualquier caso, hay que dejar claro que la muerte no se debe a los pensamientos, sentimientos ni deseos del niño, por si pudiera albergar alguna duda al respecto.

- Al explicar la causa del fallecimiento conviene enfatizar que las personas se mueren cuando están muy, muy enfermas o cuando han quedado muy, muy malheridas al sufrir un accidente. Para facilitar su comprensión, pueden utilizarse ejemplos de la vida cotidiana donde la muerte ha estado presente, como en la naturaleza (muerte de plantas o mascotas, etc.).

- Preguntar al niño si desea asistir y participar en el velatorio, funeral, entierro, etc., y permitirlo si es su voluntad. Es aconsejable explicarle lo que va a ver y oír, y el porqué de esos ritos. Si el niño no quiere participar de estos ritos, no hay que obligarle.

- No hay que ocultar las reacciones de tristeza, aflicción y llanto de los adultos. Lo normal en estas situaciones es sentir pena y dolor, por lo que no hay que reprimir estos sentimientos, aunque sí conviene evitar que presencie escenas especialmente desgarradoras.

- Animar a que expresen las emociones y favorecer que se hable de la muerte, mostrando receptividad para que expongan sus dudas y sus temores.

- Al responder a las preguntas que hacen los niños, es importante que los adultos digan cosas que estén de acuerdo a sus creencias.

- Necesitan atención, seguridad, cariño, afecto, sinceridad, y, sobre todo, que se mantengan en lo posible sus rutinas diarias.


José Antonio Tamayo Hernández.    Psicólogo colegiado número: M-18960


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